La voz cubana de Moñigüeso

Onelio Jorge Cardoso

Onelio Jorge Cardoso se murió -hace este sábado 35 años- como uno de sus personajes, tras tomarse una taza de café casi amargo y dejando caer la cabeza sobre el teclado de su máquina de escribir, donde acababa de poner punto y final a La presea, el cuento que pensaba lo sacaría del slum narrativo, que lo atormentó durante algunos años; quizá porque, como Juan Rulfo, ya había contado todo.

Su relato más conocido quizá sea Juan Candela, con ese arranque tolstoiano: «Una vez hubo un hombre por Mantua o por Sibanicú, que le nombraban Juan Candela y que era de pico fino para contar cosas…», pero quizá su obra cumbre fue Moñigüeso, mito de Narciso al revés, donde un hombre mata a otro tan parecido a si mismo, que conseguía atormentarlo por su fealdad.

El final de Moñigüeso es una joya de la literatura en español:

Entonces dio un paso rápido y levantando el brazo descargó el puño. El cuerpo se inclinó tratando de agarrarse a la baranda con las manos. Pero él por primera vez la había sentido preciso y dura. Jadeante, infinitamente alegre entonces, Moñigüeso pegó una y otra vez en el misma centro de la cara, viendo la sangre correr cuello abajo entre la camisa y la piel. Hasta que dio un último golpe y el rostro desapareció. Abajo chocó primeramente con las piedras y luego rodó al río. Angustiosamente, Moñigüeso estuvo largo tiempo vigilándolo, la cabeza inclinada sobre el agua, hasta que pudo comprender que ahora el rostro estaba más blanco y pegado al fondo, mientras el agua se deslizaba encima.

Y fue entonces que reunió todos los gruñidos en un solo grito para atronar el aire, sintiéndose dichosamente liberado.

Onelio,atribuía a su padre, que en su vejez confundía una ventana con el televisor, su manera de contar y construir los personajes; fue un narrador precoz, cuando a los 12 años envió su primer relato a un concurso en su natal Calabazar de Sagua, fue descalificado porque tenía varias faltas de ortografía, pero en 1942 entró por la puerta grande de la literatura, ganando el premio Hernández Catá, con Los carboneros.

De aquellos años de reconocimiento público, Onelio apreciaba la posibilidad de publicar en Bohemia, que le permitía alcanzar a 300 mil lectores, y recordaba la vez aquella en que un amigo actor, aprovechando que las radionovelas se emitían en directo, metió una morcilla que le permitió cobrar unos días más.

La escena -contaba Onelio– era un hombre huyendo de un policía, que termina alcanzándolo y disparándole; tras el efecto de sonido de disparo, el perseguidor exclamó: !Te maté! Y el perseguido improvisó: No, estoy muy mal herido, pero no me has matado.

Cuando Onelio padecíasequía de historias para contar, se ponía a viajar por Cuba para escuchar a personajes como un pinero de La Fe, el sitio de Cuba donde más rayos caen al año, que le contó: El peor momento de mi vida fue cuando teniendo que devolver al día siguiente a la biblioteca Los miserables, y faltándome el segundo tomo por leer, vino una tormenta y nos dejó sin luz en el pueblo; pero yo no me arrugué, me fui hacia la puerta, la enteabrí y, cuando cayó un rayo grande, que hizo la noche día, la abro del todo, dejé que entrara el relámpago y la cerré bien fuerte para que no se escapara y poder leer el libro enterito…

Onelio Jorge Cardoso, pese a que Dios le tocó la cabeza para que contara historias, sacando las palabras del saco de palabras suyas, nunca tuvo el reconocimiento internacional que merecía porque fue revolucionario cubano, como le pasó a José Soler Puig, y a Virgilio Piñera, Enrique Labrador Ruiz y Lino Novás Calvo, pero a estos tres últimos por no ser revolucionarios.

Ensayistas y críticos tienen pendiente investigar como afectó al reconocimiento de la literatura cubana la postura ideológica de sus creadores, en ambas orillas; porque nadie ha conseguido explicar aún, como siendo Guillermo Cabrera Infante, el autor protoboom por excelencia, con la invención de hablanerías en Vista del amanecer en el trópico, haya sido marginado por editores europeos y americanos, que hicieron su agosto con la entonces nueva narrativa latinoamericana.

Glosar a Onelio siempre es grato y complicado porque consiguió superar el costumbrismo cubano con un deslumbramiento narrativo único, que lo hizo universal; quizá sirva un trozo de su cuento Francisca y la muerte para evocarlo a 35 años de su fallecimiento.

Santos y buenos días –dijo la muerte, y ninguno de los presentes la pudo reconocer. ¡Claro!, venía la parca con su trenza retorcida bajo el sombrero y su mano amarilla en el bolsillo. –Si no molesto –dijo–, quisiera saber dónde vive la señora Francisca.

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