Cuba: Nada que celebrar en los 90 de Raúl

Pobreza, desigualdad, represión, coronavirus y dólares disparados y, por si no bastara, el equipo Cuba de pelota fue eliminado del preolímpico de Palm Beach, tan cerca y tan lejos de La Habana, donde el anciano general Raúl Castro cumple este jueves 90 años, medio mandando, desde las sombras, su hábitat favorito.

Desde pequeño asimiló ser el patico feo de los Castro Ruz frente al carisma arrollador de Fidel; pero no tuvo el valor del resto de sus hermanos para construir un camino propio, al margen del estruendo; aunque formó una familia que defiende con pasión, aunque ya no es el patrón jodedor.

Su reclutamiento por el KGB acabó de convertirlo en el más promoscovita de la nomenklatura cubana, aunque no logró librarse de los modos de gallero, que impuso como técnica oficial del comunismo de compadres, a partir del Segundo Frente Oriental, donde forjó lealtades inquebrantables y nació el embrión de GAESA.

Salvado por Monseñor Enrique Pérez Serantes, tras el asalto al Cuartel Moncada, y beneficiado por la aministía batistiana de 1955, desembarcó, el último de los 82, en Bélic, como jefe de pelotón y no supo que el yate se llamaba Granma hasta que no anduvo con el agua a la cintura hasta la popa y leyó el nombre.

Su vida tiene cuatro hitos que marcan: Operación Pandora, Fusilamiento de Arnaldo Ochoa, Barack Obama y muerte de Fidel Castro.

El Kremlin aprovechó un viaje suyo a la URSS, como asistente a un entierro para comunicarle que, en caso de problemas con Estados Unidos, Moscú no movería un dedo en defensa de Cuba; a su regreso,, despachó con el Jefe y acordaron lanzar la «Guerra de todo el pueblo» Made in Viet Nam y Corea del Norte; fue la época La Habana cual queso gruyere con túneles para amortiguar el Golpe Aéreo Masivo (GAM) que nunca llegó, pero en el futuro podrá viajarse de Managua a Kholy por debajo de la tierra.

La nueva ofensiva revolucionaria fue comunicada a los miembros del Buró Político, pero la causa, es decir, la nueva postura soviética fue secreto entre hermanos hasta después de la caída del Muro de Berlín y para jugar al clandestinaje dijeron a sus compañeros que se trataba de la Operación Pandora.

El fusilamiento del General de División Arnaldo Ochoa Sánchez y del coronel Antonio de la Guardia Font es el drama saturniano que lo perseguirá toda su vida porque de tratarse como familia, tuvo que construir un juicio estalinista y llamarlo el más charlatán del generalato; aunque se repuso tras llorar cepillándose los dientes, y se vengó de los desplantes de su hermano, destrozando el Ministerio del Interior y acaparando todo el poder, sin que se notara.

Tony de la Guardia y José Abrantes eran hombres de Fidel, pero Ochoa era mito invecible de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) en las arenas del Ogadén, la selva nicaragüense y Cuito Cuanavale; y no tuvo más remedio que poner en cuarentena a los jefes que venían de la Sierra Maestra y promover a cadetes y camilitos, que deben todo al compañero ministro.

Los errores de cálculos con el generosamente irresponsable Barcak Obama, a quien respondió con un manotazo sónico es su error estratégico más costoso porque hundió a Cuba geopolítica y económicamente; desde entonces la pobreza y la desigualdad no han dejado de crecer y aliados posibilistas como Europa, Moscú, Luanda y Beijing no entendieron el desplante a la Casa Blanca, y el Palacio de la Revolución se quedó en el grupo de Irán. Corea del Norte, Nicaragua y Venezuela.

La muerte de Fidel avivó la pasión fúnebre de Raúl, obsesionado con ordenar el panteón familiar en tres hitos, Birán, Cerro de la Mícara y Santa Ifigenia; reservándose para Vilma Espín y para el, sendos nichos equidistante entre la finca próspera y libre del viejo y la aparatosidad de la pedrada en Santiago de Cuba, ya mandaba desde hacía años, asi que la transición dinástica ocurrió en vida de ambos, no exenta de sobresaltos por algunas reflexiones del Paciente en Jefe.

Donald Trump lo dejó sin aliento, y una empresa europea acaba de llegar a un acuerdo millonario compensatorio con expropiados de aquella fiesta ruinosa y jacarandosa de ¡Se llamaba!, cada vez que Fidel Castro mencionaba a los que iban a ser expropiados forzosamente y sin indemnización hasta que llegó la Helms-Burton y mandó a parar.

La superstición castrista alcanzó entonces cotas inverosímiles y fiaron su suerte a la de Biden que -imitando a Raúl Castro– ordenó actuar con Cuba sin prisa, pero sin pausa; y no tuvo más remedio que jubilarse en un congreso del partido anodino, que encumbró a su recaudador favorito Luis Alberto Rodríguez López-Calleja al Buró Político, con tantas ventajas como inconvenientes para el jubilado y el entronizado Miguel Díaz-Canel.

El coronavirus ha venido a empeorar a Cuba, enferma de comunismo terminal y, aunque se ha jubilado oficialmente, Raúl Castro fue el pitcher abridor de un juego reformista que transcurrió, como casi todo en los últimos 62 años, del embullo a la frustración, con amargas verdades como la eliminación olímpica del equipo de pelota en tierras norteamericanas y consolándose con una victoria pírrica en el juego final por Colombia, cuya reclamación de Gabino y otros tiratiros refugiados en La Habana, renovaron la condición de no cooperante contra el terrorismo.

Peor escenario imposible para los 90 junios del General de Ejército, que sigue criando gallos finos, mientras ansía pasear por París y México, de la mano de Emma, sin que nadie lo importune, aunque hay días que despierta atormentado, tras soñar que los fusilados de la Loma de San Juan se le aparecen en La Rinconada y lo rodean, pero Juanita, la hermana que más quiso, lo salva.

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